Del 6 al 31 de marzo de 2002
Sala Siglo XXI. Museo de Huelva

Organiza: Diputación de Huelva

UN PILAR TRASCORDADO

El olvido en las artes, y a menudo en otras facetas de la vida, se sentencia, fundamentalmente, por tres cuestiones. A saber:

1º. La inhumanidad de la sociedad. Desde nacimiento, el hombre traza el movimiento de la lisonja cuando eres amado y agasajado por el triunfo y del desprecio más cruel cuando el respeto ni tan siquiera se guarda al cubrirse el manto de una pretendida desmemoria;

2º. La estulticia de los asentados. La dejadez elitista de quienes no articulan ni urden instrumentos ajenos o distintos al círculo de su representación política e intelectual para apreciar, estudiar, rescatar o tan siquiera reconocer el mérito de aquél que el olvido (a veces más que olvidar supone trascordarse, pues también confunde con otras imágenes, aunque sean impropias a su naturaleza) borra su obra y su persona. Ignorancia de etiquetas en narcisos plantados por el azar; y

3º. La insensibilidad de los ejecutantes. Elabandono costumbrista, demagógico y fandanguero de instituciones que tienen que velar por el patrimonio cultural de esa sociedad, dirigidos por los expertos en la materia, a menudo sordas, ciegas, mudas, insensible y pacatas. Ignorancia cuando rigen, cuando marchan. Ignorancia de aquellos que entran, inquisidores de lo anterior, profetas de lo nuevo.

El mejor remedio para el olvido, aunque sea una perogrullada, reside en encararlo, en mirar hacia atrás, visitar la historia (a la que no se la ha de tener miedo, créanme), con razón y equidad. A partir de ese instante, ya no valen los olvidos, desmemorias, dislates, negligencias, omisiones, perdones, descuidos, yo no sé qué más y un mar de excusas justificadas; en todo caso, lo único que vale en presidencia son los intereses de los memos, raza o etnia bien nutrida en cualquier época, en todas sus acepciones.

¿A qué viene todo esto? Me explico. Días atrás, Pilar Barroso Mayoral, nacida en Huelva, envuelta en su canción epicúrea y sureña de que el tiempo es vida/satisfacción si uno lo maneja a su antojo, es decir, obviándolo (con un poco de sorna y sal en grano dorada al sol de la ría), me anunciaba la representación de sus cuadros en la Sala Diputación del Museo de Huelva. Grata información de la que esta ciudad y sus instituciones se han de alegrar, pues asistimos al reencuentro, tras mucho olvido, con una de las grandes aportaciones culturales a su historia reciente, de la que pedimos desde este brevísimo comentario, pues se lo merece, una revisión de su obra total y profunda.

No sin su participación, fruto del descuido y del control de las manecillas del reloj a su suerte vital/sensorial, sobre Pilar Barroso crece anárquica la triste realidad del olvido. No todos se acuerdan de ella y de su obra y los rigores de la intelectualidad triunfante la ningunean por ser fruto, según farfulla, de pretéritas propuestas formales acomodadas al mercado fácil. Dichoso de aquel que siempre se halla en él, mercado fácil o difícil, pues vive.

Hace ya muchos años, a fines de los ochenta, un intelectual joven y moderno, autoproclamado intelectual, joven, moderno y de derecha/izquierda/derecha (al menos eso patentaba desde su afán fundamentalista, sagrado, dictatorial y totémico de desprecio pirómano de "todo lo demás"), de esos que vomitan la historia pictórica de Huelva por ser en exceso provinciana (entiéndase de derechas, pobre, inculta, periférica/hespérica, acomodaticia y triste como un payaso sin representación), "instalaba", o mejor aún, "performance(aba)" auto de fe en su verbo exquisito que pintores como Pilar Barroso merecían dedicarse a otra cosa. Pasado tan largo tiempo, admiro más a esa intelectualidad Eolo practicada por el joven sentenciador de muertes y patíbulos, que sigue siendo integrista ya que aún desprecia lo ajeno a su gusto. Aquí no existe olvido, aquí lo que reina es la desconsideración por desconocimiento (atrevido). Y lo aprecio más con el tiempo a mis espaldas porque dio, sin pretenderlo como es natural, en la clave. Efectivamente, Pilar merece dedicarse a otra cosa, es decir, a pintar más y más. Me vuelvo a explicar, para desenterrar cualquier aproximación ventolera al joven mulá inquisidor, se dedica a lo que sabe, le dejan o le han enseñado, que no es otra cosa que crear imágenes pintadas, ya inscritas a fuego a su nombre.

Lástima que esas palabras del inefable sentenciador de cuentos efímeros lleno de pureza poética desnuda, no captara a Pilar en profundidad, la Pilar total y la Pilar esculpida, como ella bien dice, a unas necesidades imperiosas de la vida. Si Pilar, y bien ella lo sabe, hubiera seguido por donde ella profundizaba, lejos de condiciones vitales y profesionales, quizá tendríamos otra Pilar conocida por todos. No mejor, ni mucho menos, simplemente otra Pilar. Las circunstancias de la vida así ruedan. ¿Qué Pilar? Muy sencillo, aquella que adentro lleva y que tan sólo con muy contadas esencias deja percibir. Esa Pilar, os aseguro, es dórica, rotunda, medida y armónica. Sin embargo, yo me quedo con la Pilar que es, sin más, la autora de una obra que, si bien no arma lineal y en evolución diáfana, si sentencia un canto onubense profundo, lleno de contrastes y de páginas que ya son indisolubles.

Tengo la inmensa fortuna de contemplar diariamente un dibujo de Pilar Barroso de principio de los sesenta. La fortuna es inmensa por el placer que deja, brutal en grandeza, poderoso, abierto, lleno de encantos y ecos de maestros preferentes (Cezanne, Picasso, Lachaise, Aguiar), muestra irrevocable de una artista que gobierna el qué hacer y cómo defenderlo a su antojo. Su naturaleza de partida arranca, ahí también es afortunada, en las lecciones recibidas de dos de los enseñantes más sinceros y abiertos de Huelva en el siglo pasado. Nos referimos a Pedro Gómez y a Manuel Moreno Díaz. Del primero adquirió el oficio, un algo, tímido y amoroso, de la retina voluntariosa, feliz y sosegada de la vida en calma (verde y azul); del segundo la presencia de su admirado Daniel Vázquez Díaz, al que trató en Madrid, en el dibujo, en la fuerza matérica del color (donde no escapa su vinculación con los expresionistas Gromaire o Rouaolt) y la cadencia de intenciones plásticas. Sin olvidarnos de Mateo Orduña Castellano, uno de esos pintores que, como Pilar, tiñen de paisajes, flores, mesas, bodegones, payasos y miles de ojos de niñas delicadas cada rincón de una casa onubense y que tanto se muestra en su paleta, trazo y temática. O de sus cercanos y coetáneos José María Franco y, sobre todo, Juan Manuel Seisdedos, con el que tanto guarda desde sus comienzos, amamantados en el mismo orden, con momentos tan próximos y con fortunas posteriores tan diferentes.

Estilo y temática en Pilar Barroso han sorprendido por continuar un legado histórico y, en ocasiones, rompedor en una ciudad de provincia alejada de todos los centros de emisión artísticos. Ella, junto a Seisdedos, una generación puente del siglo XX, constituye la evolución orgánica de lo mejor de la pintura onubense. Mas ella no sólo registró la poética de sus maestros, los tradujo con convencimiento y sorpresa a la modernidad de su momento de acción. Ahí queda incólume el gran legado de Pilar para Huelva. Sin duda alguna, pudo conquistar otros horizontes, otros mundos, rebelándose contra los que la trascordan, pero ella, sabia, con un puñado de vida sobre el pincel, gustó de manejar esa manecillas del reloj a su medida, a imagen y semejanza de una forma dichosa de existir.

Hoy es un día para disfrutar. Hemos rescatado un soplo de aire con historia (no histórico) del olvido ciudadano, intelectual e institucional. Nos adherimos a Pilar cuando argumenta que los jóvenes no guarden la obra que se hace para vivir y gustar, sino aquella que se hizo con plenitud de poderes y aún en la actualidad asoma para garantizar que todo aquello que escribimos estimamos de absoluta verdad. La verdad de una mujer en arte que ha sabido confeccionar compromisos voluntarios y respetuosos con sus maestros queridos, continuación a una idea debatida en el tiempo, en nada involucionista; arraigo a su tierra, a sus costumbres y a sus deberes/haberes; y sin descuidar que ella es hija de su tiempo, no sólo local, sino también de un ámbito bien superior.

Si como dice el proverbio árabe que "para gozar hay que comenzar por olvidar", satisfecho estoy del olvido, provenga de donde quiera, incluso de los intelectuales que huelen progresivamente a putrefacto, si hoy comenzamos a recapitular sobre la importancia de Pilar Barroso en la pintura onubense en los últimos cuarenta años, cuestión que algunos seguirán todavía sin valorar. Ellos se lo pierden.

Antonio Machado escribía en su espléndido Juan de Mairena que "hay hombres que nunca se hartan de saber. Ningún día -dicen- se acuestan sin haber aprendido algo nuevo. Hay otros, en cambio, que nunca se hartan de ignorar. No se duermen tranquilo sin averiguar que ignoraban profundamente algo que creían saber". Ya es hora, pues, de que comencemos a conocer sin despreciar ni repudiar. No pido amor, como dijera Leonardo, tan solo conocimiento y una mirada objetiva al mundo y a la idea de pintura total de Pilar Barroso.

Pilar Barroso entra en el Museo de Huelva a través de la Sala Diputación. Al menos, temporalmente, ya tenemos alcanzado un principio de acuerdo con la razón del conocimiento. El saber no es joven ni moderno; eternamente, principio.

Jesús Velasco Nevado
Huelva, enero de 2002